MIGUEL A. GÓMEZ-MARTÍNEZ

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Entre el amor y el ritual salvaje


Entre el amor y el ritual salvaje

2017-11-03

Obras de Gómez-Martínez y Stravinsky. Juan Jesús Rodríguez. Orquesta Sinfónica de RTVE. Miguel Ángel Gómez-Martínez. Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial, Madrid.

El nuevo concierto de la ORTVE en el exilio amable de San Lorenzo de El Escorial nos trajo la mejor de las versiones de la orquesta en las últimas fechas. La primera parte la conformaba un ciclo de cinco canciones compuestas por el propio Gómez-Martínez y agrupadas bajo el título de «Cartas de un enamorado», dedicadas a su esposa. La obra se estrenó con la Orquesta de Valencia en el Palau hace año y medio y tuvo también el acierto de contar con Juan Jesús Rodríguez, un barítono cada día más apreciado que resuelve casi siempre con finura todo lo que cae en sus manos, sea o no verdiano.

La música en sí misma funciona de manera sólida, con gusto por el color y alguna audacia tímbrica en un lenguaje que se pasea con soltura entre Mahler y Schoenberg. La cuarta carta («Al despertar») es tal vez la más interesante en cuanto a su apuesta atmosférica e integración textual. La letra del ciclo al completo no pretende lo que no es: usa una poética no muy elevada y grandes dosis de candor para hablar del arrebato de la soledad amorosa y de toda su incontinencia. Eso da para unas buenas dosis de frases más o menos afectadas. El resultado general es satisfactorio y a ratos conmovedor, con el barítono oscense aportando gramaje al texto, emisión rotunda y solidez al trabajo de vocalización. Buen desempeño a grandes rasgos de la ORTVE.

En la segunda parte la orquesta se soltó el pelo. «La consagración de la primavera» siempre ha sido una de las piezas más apreciadas a nivel interno por cualquier ensemble orquestal que tenga una buena sección de viento. Es una música que se disfruta mucho entre bambalinas, con unos patrones rítmicos avasalladores y una tímbrica conscientemente rústica que se adueña del oyente en muy poco tiempo. Ese alborozo instrumental se percibió desde los primeros compases (fantásticos «Augurios primaverales») gracias a una orquesta implicada como pocas veces con el sentido ritual que pretenden las notas y siguiendo también una dirección de Gómez-Martínez más detallada e intensa de lo que nos tiene acostumbrados. Es inevitable destacar a los metales en esta partitura, aunque fueron los timbales quienes aportaron la rudeza y el espíritu telúrico al sacrificio de la segunda parte. Más allá de algún desajuste ocasional, las trompetas y trompas funcionaron a un gran nivel. Importante ovación final del público para la genial música de Stravinsky en una entrada que no reflejaba aquel lleno prometedor del primer concierto de la temporada pero digna en cualquier caso.

La Razón


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