MIGUEL A. GÓMEZ-MARTÍNEZ

Prensa

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Crítica: Sabores agridulces en el 69º Festival de Música y Danza de Granada


Crítica: Sabores agridulces en el 69º Festival de Música y Danza de Granada

2020-07-14

Contra viento y marea, el Festival de Granada y su flamante director, el inagotable Antonio Moral, han logrado sacar adelante una edición memorable. Ante la adversidad, genio, talento, ilusión, una buena agenda y coraje para asumir riesgos. Nunca el Festival de Granada en su gloriosa historia ha tenido tal concentración de grandes nombres. Abruma la nómina de artistas en la actual edición, con figuras como Grígori Sokolov, Martha Argerich, Ian Bostridge, Krystian Zimerman, Elisabeth Leonskaya, Martha Argerich, Javier Perianes, Carlos Álvarez, Jordi Savall, Renaud Capuçon, Daniel Barenboim y un largo etcétera. Granada en esta edición de pandemia, mascarillas, miedos y cierto sabor agridulce, ha dejado de ser “uno de los grandes festivales españoles” para convertirse en el mejor festival de 2020. De España y del mundo.

En este marco positivo y de excelencia artística, los disímiles conciertos inaugurales han estado protagonizados por las músicas de Beethoven, Mozart y Schumann, que han llegado de las manos siempre prodigiosas deGrígori Sokolov y de dos batutas españolas tan diferentes como las del granadino Miguel Ángel Gómez-Martínez y el barcelonés Josep Pons; el primero al frente de la Orquesta Ciudad de Granada y el segundo de la Nacional de España. Beethoven y Mozart, y en medio el Schumann misceláneo y en Granada gloriosamente tocado el sábado por Sokolov de las Bunte Blätter. Los cerca de cuarenta minutos de aplausos certifican la jornada musical que se vivió en el Auditorio Manuel de Falla, que daba gusto ver abarrotado de un público fascinado por el prodigio Sokolov. Las cinco propinas –dos mazurcas y el Preludio 20 deChopin, Scriabin y Bach-Busoni fueron el colofón de un recital que fusiono virtuosismo, efusión, aliento lírico y vigor romántico.

Antes de las “coloreadas” catorce breves páginas que integran las Bunte Blätter, Sokolov se adentró en un Mozart sin remilgos, casi musculoso y abierto al futuro de la Fantasía y fuga de 1782 y en los aires clásicos del Rondó en la menor de 1787. Un Mozart atrevido y si se quiere hasta discutible, completado con la célebre Sonata en La mayor, la de la “Marcha turca”. El tema que sustenta las variaciones del “Andante grazioso” inicial llegó lento, sencillamente cantado, como si fuera una cancioncilla infantil. Fue el pórtico de una lectura cuyo hilvanado equilibrio confirió unidad a una versión en la que cada variación traslucía nueva perspectiva. El mil veces escuchado y toqueteado “Rondo alla turca” llegó con gracia, frescura, impronta y rotunda raigambre pianística. Mozart se hubiera quedado tan boquiabierto como el público del Festival de Granada. ¿O quizá no?

Un día antes, el hábil y rodado concertador que siempre es el maestro Gómez-Martínez (1949) tuvo el valor de afrontar una complicada Novena de Beethoven en la que cualquier otro director hubiera sucumbido. Su experiencia y saber hacer, aliados con la competencia y disposición ilusionada tanto de los profesores como de los coristas de la Orquesta Ciudad de Granada, lograron salir airosos del reto de sacar adelante más que bien una obra como la Novena con los profesores de la orquesta distanciadísimos entre ellos; el coro, allí lejos lejos, repartido entre las galerías inferior y superior del pétreo Palacio de Carlos V, y los cuatro solistas ubicados igualmente en la remota galería superior. Para redondear los problemas, el coro cantó con mascarillas -¡imagínense!-, mientras que los músicos de la orquesta sí iban desmascarillados.

Gómez Martínez reivindicó su Beethoven preciso, atado a la partitura y ajeno a cualquier exceso o detalle que escape a lo expresamente prescrito por el compositor. Se sabe la partitura –como todo lo que dirige- de memoria. Pero esto es lo de menos. Pura anécdota. Lo remarcable es que es una lectura interiorizada, imbuida de un concepto que - guste más o menos- está siempre marcado por el rigor y cuya solera ha sido acuñada durante años de convivencia con la música del compositor amado. En un tiempo en el que cualquier mindundi dirige Beethoven o lo que haga falta desde la ignorancia y desde la falta de criterio, casi casi de oído, se agradece y aplaude la solvencia y honradez de este Beethoven que, dentro de su escrupulosa fidelidad a la partitura, encontró en el tercer movimiento espacio para explayarse en lentitudes y efusiones de altos vuelos.

Estupenda y disciplinada respuesta de la Orquesta Ciudad de Granada, y de unos coros cuya mayor virtud fue la entrega y disposición. En el cuarteto de voces solistas, la tinerfeña Raquel Lojendio volvió a demostrar algo tan sencillo como que no puede cantar la Novena de Beethoven. Los destemplados y más que forzados agudos volvieron a convertirse grito. Tampoco el grancanario Gustavo Peña anda sobrado de medios para cantar la parte de tenor. Las pasó canutas intentado solventar un registro agudo que tampoco parece pensado para sus características vocales. Lo mejor del cuarteto solista fue la mezzo valenciana Cristina Faus –tan solvente y tan en su sitio como siempre-, y sobre todo, el barítono-bajo David Menéndez, que cantó una oda a la alegría plena de poderío vocal y calor expresivo. Éxito de todos, y sobre todo de Gómez-Martínez, que recibió con cariño el aplauso vivo, sincero y merecido de sus paisanos.

El domingo, Josep Pons volvió a Granada con un Mozart singular y cargado de fuerte impronta personal. Deliberadamente lento, incluso ralentizado. Con detalles historicistas –sobre todo en la articulación-, pero con lentitudes que casaban mal con la reducida plantilla orquestal y con la acústica siempre complicada del Carlos V. También con el obligado distanciamiento físico de los profesores de la orquesta, y quizá en colisión con el criterio de la solista, la ya legendaria pianista georgiana Elisabeth Leonskaya (1945), que a sus 74 años protagonizó una particular lectura del Concierto en re menor de Mozart que encontró sus mejores momentos en los 162 compases del sosegado Romance central.

Grandísima ovación escuchó la gran dama del piano, que tocó –como Pons y todos los músicos de la ONE- con mascarilla. Al final, en medio de la lluvia de bravos y aplausos, con autoridad e impulsada por el entusiasmo, la Leonskaya rompió protocolos y le largó un intenso abrazo a Pons que hubiera puesto de los nervios al mismísimo Fernando Simón. Instantes después, y tras consultar cortésmente a la concertino invitada -la violinista ibicenca Lina Tur-, tuvo el detalle de tocar de propina La puerta del vino, el alhambrista preludio que Debussy compuso inspirado en la vecinísima –apenas 50 cien metros la distancian del Carlos V- puerta que el creador de Ibéria conoció a través de una postal remitida por Falla desde su carmen de la Antequeruela. Fue una versión personalísima, dicha desde la autoridad de quien es uno de los nombres señeros del teclado del último medio siglo.

La Orquesta Nacional cerró su ovacionadísima primera actuación en la presente edición del Festival –hoy actúa bajo la dirección de su titular, David Afkham– con la Sinfonía número 40 en sol menor, entendida por Pons desde los particulares y lentos parámetros que han marcado este cuidado monográfico Mozart. En la versión brilló la pulcritud, solvencia y efectivo trabajo que siempre distinguen las bien trabajadas y trazadas versiones del maestro barcelonés. Sonó así la ONE con calidades y detalles tanto instrumentales como de conjunto propios de la buena orquesta que hoy es. Justo Romero


Diario Levante


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